La manera en que gestionamos el verde urbano está cambiando, pero la manera en que la ciudadanía lo percibe no lo hace al mismo ritmo. Acercar ambas miradas es el punto de partida para construir una nueva manera de cuidar nuestros pueblos y ciudades.
«Los árboles se han hecho demasiado grandes. Si un día cae una rama, tendremos una desgracia.»
«Hace semanas que no cortan la hierba del parque. Está todo dejado.»
«Los alcorques están llenos de malas hierbas. El Ayuntamiento ya no los limpia.»
Son quejas habituales en los servicios municipales de parques y jardines. A menudo, sin embargo, responden a decisiones de gestión técnicamente justificadas.
Un árbol de grandes dimensiones no es necesariamente un árbol de riesgo: conservar ejemplares sanos con copas amplias es determinante para generar sombra y regular la temperatura del espacio público. Reducir la frecuencia de siega de los prados favorece la biodiversidad y permite completar los ciclos de floración y fructificación. Y admitir vegetación espontánea en determinados alcorques crea microhábitats para los polinizadores.
Tres situaciones cotidianas que evidencian una misma realidad: los criterios técnicos de gestión del verde urbano no siempre coinciden con la idea que tiene la ciudadanía de un espacio público bien mantenido. Esta distancia plantea un doble reto a los ayuntamientos: transformar la gestión para responder a la emergencia climática y, a la vez, conseguir que la ciudadanía entienda y valore las decisiones que se toman.
El verde urbano, una infraestructura estratégica
La emergencia climática y la pérdida de biodiversidad obligan a repensar las ciudades. No basta con adaptarlas a temperaturas más elevadas, sequías prolongadas o episodios de lluvia intensa: también deben asumir un papel activo en la mitigación y en la recuperación de la biodiversidad.
En este contexto, el verde urbano deja de ser un elemento ornamental para convertirse en infraestructura verde. Arbolado, parques, prados, espacios naturalizados y suelos permeables proporcionan servicios ecosistémicos concretos: regulación térmica, captura y almacenamiento de carbono, reducción de la demanda energética de los edificios, gestión del agua de lluvia y hábitat para la fauna.
El marco normativo europeo ya lo reconoce. El artículo 8 del Reglamento (UE) 2024/1991, relativo a la restauración de la naturaleza, establece que, a 31 de diciembre de 2030, los Estados miembros deben evitar la pérdida neta de superficie nacional de espacios verdes urbanos y de cubierta arbórea urbana respecto a 2024, con las excepciones previstas, y que a partir de 2031 estas superficies deben seguir una tendencia creciente.
La renaturalización deja de ser una iniciativa voluntaria y se incorpora a los compromisos europeos de restauración de la naturaleza. Cumplirlos no exige solo incrementar la superficie verde: obliga a revisar cómo se planifica, se diseña y, sobre todo, cómo se gestiona.

Renaturalizar: de la gestión estética a la gestión ecológica
Renaturalizar implica recuperar espacios para la naturaleza y favorecer que los ecosistemas urbanos ejerzan sus funciones ecológicas: arbolado sano con volumen de suelo y espacio suficientes para desarrollar la copa, suelos vivos y permeables, prados floridos, diversificación de especies, hábitats para polinizadores y conectividad ecológica entre espacios verdes.
También implica revisar prácticas de mantenimiento consolidadas: reducir la frecuencia de siega en determinadas zonas, evitar podas innecesarias, ajustar el riego a las necesidades hídricas reales, reducir el uso de fitosanitarios y respetar la fenología de las especies.
Esto no significa dejar de intervenir, sino intervenir con más criterio. La gestión diferenciada exige conocimiento técnico, planificación, seguimiento y actuaciones adaptadas a cada espacio.
El reto es compatibilizar las funciones ecológicas con la seguridad, la conservación de las infraestructuras y las necesidades de las personas. Estamos pasando de una gestión centrada en el orden, la estética y el control de la vegetación a una gestión que incorpora la biodiversidad y el funcionamiento de los ecosistemas. Pero las expectativas ciudadanas sobre qué es un espacio verde bien cuidado no evolucionan al mismo ritmo.
Criterios técnicos y expectativas ciudadanas: dónde se produce el desajuste
Un árbol con una copa desarrollada es un activo ambiental para la ciudad. Para el vecino que lo tiene delante de la ventana, el mismo árbol puede ser demasiado grande, quitarle luz o generarle inseguridad.
Los equipos técnicos deciden a partir del estado fitosanitario, la estabilidad estructural, la biodiversidad y la funcionalidad de los espacios. La ciudadanía evalúa esas mismas decisiones desde su experiencia cotidiana, las molestias que percibe y sus expectativas de mantenimiento del espacio público.
A menudo, la decisión técnicamente más adecuada es no intervenir o hacerlo de manera poco visible. Y es precisamente la que más cuesta explicar.
Esto no quiere decir que las preocupaciones ciudadanas sean infundadas. Raíces que levantan pavimentos, ramas que interfieren con viviendas o determinadas plagas son problemas reales que requieren respuesta técnica. El reto es distinguir las situaciones que piden una intervención de aquellas en las que el conflicto nace de una interpretación errónea o del desconocimiento de los criterios de gestión.

Qué dice la investigación: la aceptación depende del conocimiento
Hay una contradicción de fondo: queremos recuperar la biodiversidad urbana, pero seguimos asociando un espacio bien mantenido al césped segado, los arbustos recortados y los alcorques sin una sola hierba. La investigación científica lo ha documentado.
- Apoyo a la biodiversidad, con expectativa de orden. Fischer et al. (2020), en Conservation Letters, analizaron la opinión de 2.027 personas de 19 ciudades de nueve países europeos sobre la sustitución de céspedes convencionales por prados naturalizados. Encontraron un amplio apoyo a las prácticas favorables a la biodiversidad, pero también una expectativa arraigada de que los espacios verdes mantengan una apariencia ordenada y cuidada. El apoyo era mayor entre las personas que conocían mejor el concepto de biodiversidad y se sentían responsables de conservarla.
- Los beneficios percibidos, principal factor de aceptación. Frank et al. (2024), en Urban Forestry & Urban Greening, encuestaron a 899 personas de Alemania, Austria y Suiza sobre la transformación de céspedes en prados favorables a los insectos. La aceptación general era elevada, y el factor con más peso era el reconocimiento de los beneficios ecológicos de los prados, por encima de su aspecto visual o de una actitud genérica favorable a la naturaleza.
- La información modifica la valoración. Unterweger (2017), en Urban Science, pidió a 424 participantes que valoraran fotografías de prados con distintos regímenes de mantenimiento, antes y después de recibir información sobre sus beneficios ambientales. La información mejoraba la valoración de la gestión naturalizada. Southon et al. (2017) obtienen un resultado coherente: la tolerancia al aspecto de los prados fuera del periodo de floración aumentaba cuando se informaba de sus beneficios y del ahorro asociado a la reducción de siegas.
La percepción de un espacio verde no depende solo de lo que vemos, sino de lo que sabemos sobre su función. Un prado con vegetación alta deja de leerse como falta de mantenimiento cuando se entiende su papel en la conservación de la biodiversidad.
Informar no resuelve todos los conflictos: las percepciones también dependen de las experiencias personales, las necesidades de uso, las molestias y la confianza en la gestión municipal. Pero la evidencia apunta en una dirección clara: las percepciones no son inamovibles, y el conocimiento contribuye a transformarlas.
La percepción ciudadana no solo influye en la valoración de los espacios verdes, sino que puede condicionar la implantación de nuevas prácticas de mantenimiento. Un estudio cualitativo de Hoyle et al. (2017), basado en entrevistas a ocho responsables municipales de Luton y Bedford (Reino Unido), identificó la estética y la reacción ciudadana, las características de cada espacio y la disponibilidad de recursos humanos y económicos como factores determinantes en la implantación de prados perennes. Los resultados apuntan a que la transición hacia una gestión más sostenible no es un reto exclusivamente técnico: también depende de las condiciones organizativas y del contexto social y político.
Esto plantea un riesgo que los ayuntamientos no pueden ignorar: si las actuaciones de renaturalización se perciben como falta de mantenimiento, pueden generar presión para recuperar prácticas convencionales y comprometer la continuidad de los cambios. Por eso, la comunicación no puede ser una actividad complementaria ni limitarse a responder a las quejas: debe formar parte de la propia estrategia de gestión.

Comunicar la gestión: seis líneas de trabajo
No se trata de comunicar más, sino de comunicar mejor. Esto significa incorporar la comunicación a la estrategia de gestión desde el inicio, como una herramienta que acompaña las decisiones técnicas, y no como una actuación puntual cuando el conflicto ya se ha producido. También significa conocer cómo percibe la ciudadanía el verde urbano, entender qué condiciona esa percepción y construir mensajes que conecten los objetivos ambientales con las preocupaciones cotidianas.
1. Diagnosticar antes de explicar
Las quejas, las consultas ciudadanas y la experiencia de los equipos de mantenimiento son una fuente de información de primer orden. ¿Qué actuaciones generan más controversia? ¿Qué preocupaciones se repiten? ¿Hay diferencias entre barrios? ¿Qué criterios son más difíciles de entender? Este análisis permite identificar los conflictos, entender sus causas y definir sobre qué percepciones hay que trabajar: no es lo mismo responder a una preocupación por la seguridad del arbolado que justificar la reducción de la frecuencia de siega de un prado.
2. Explicar decisiones, no solo actuaciones, y hacerlo antes
La ciudadanía debe entender qué se hará, por qué, con qué criterios y con qué resultados esperados. Si un parque incorporará zonas de prado naturalizado, hay que explicar previamente cómo cambiará el espacio, por qué se modifica el mantenimiento y qué zonas conservarán los usos habituales. Cuando los cambios sean visibles, la ciudadanía tendrá elementos para interpretarlos.
3. Traducir el criterio técnico en beneficios tangibles
Conceptos como servicios ecosistémicos, conectividad ecológica o gestión diferenciada son poco comprensibles fuera del ámbito técnico. Explicar cómo una copa reduce la temperatura de una calle, cómo un prado florido sostiene las poblaciones de polinizadores o cómo un suelo permeable infiltra el agua de lluvia conecta la decisión con la vida cotidiana.
4. Hacer visible la gestión
Una gestión que interviene menos corre el riesgo de parecer ausencia de mantenimiento. Calendarios de gestión, criterios de intervención explícitos y lo que la literatura llama señales de cuidado (bordes segados que delimitan el prado, señalética in situ) hacen evidente que detrás de cada decisión hay planificación, conocimiento técnico y seguimiento.
5. Garantizar la coherencia interna
Servicios técnicos, responsables políticos, empresas de mantenimiento y canales de atención ciudadana deben conocer y compartir los criterios de gestión. Los mensajes contradictorios erosionan la confianza más que cualquier actuación.
6. Escuchar y evaluar de manera continuada
Hay que saber si la percepción cambia, no solo contabilizar carteles, publicaciones o actividades. La evolución de las quejas, las encuestas de percepción y el retorno de los equipos municipales son indicadores útiles. Y la información obtenida debe servir para ajustar tanto la comunicación como, si procede, las decisiones técnicas, sin renunciar a los objetivos ambientales.
Una gestión entendida y compartida
Comunicar la gestión sostenible del verde urbano es una manera de incorporar el conocimiento, las percepciones y las expectativas ciudadanas a la gestión municipal, de anticipar conflictos y de construir confianza en torno a decisiones que transforman la ciudad.
Renaturalizar exige criterio técnico, planificación y decisiones que no siempre serán fáciles de entender. También exige que la ciudadanía conozca su sentido, comprenda sus beneficios y pueda participar en la construcción de un espacio público que responda tanto a los retos ambientales como a las necesidades de las personas.
Los municipios que asumen la responsabilidad de renaturalizarse deberían ser percibidos como municipios que impulsan una nueva manera de cuidar el territorio, no como municipios que han dejado de cuidarlo. Conseguirlo también forma parte de la gestión del verde urbano.
¿Estáis implantando criterios de gestión diferenciada en vuestro municipio?